domingo, 20 de mayo de 2012
Solo recuerdo......
domingo, 5 de septiembre de 2010
Instrucciones para afeitarse cada mañana.
Salir de la profundidad del océano oscuro de los sueños, donde hibernamos cuando el nosotros descansa, es fácil. El reloj despertador es la cuerda de seguridad que nos sujeta y nos trae de vuelta a la vigilia de la mañana, de todos los días laborables de nuestra vida.
Escapar del abrazo cálido de la ropa de cama, levantarse tambaleante y dirigir el rumbo escorado hacia la sala de baño. Buscar en esa pulida ventana hacia lo opuesto del mundo, sobre el lavabo, los ojos de ese ser, que nos asistirá como guia en el ritual que nos disponemos a realizar.
Lo miramos y nos mira, nos reconocemos y sintonizamos uno con otro. Todos me dirían al verle que soy yo, pero ambos sabemos que no es así, ¿le dirán también al otro lado, que yo soy él?.
Mirándole de reojo llenaremos la pila del agua que ilustres ingenieros nos traen de no sabemos que rió, calentada por la combustión de un gas llegado de un exótico país que probablemente moriremos sin conocer.
Tras esto, esconderemos nuestra cara tras el velo blanco de la espuma, sobre el que trazaremos caminos con los filos. Caminos que quedaran despejados de esa transformación nocturna de nuestro rostro, que lo gira en redondo hacia la faz del simio que al principio fuimos, llenándolo de un vello duro, cada vez mas espeso y áspero.
Nuestra alma, más vieja, también es más áspera y aunque más fuerte, aguanta más porque siente menos, por que la piedra no siente el dolor.
La barba que nos crece en el alma con el tiempo, esta tintada de egoísmo, espesa de soledad. Si no la rasuramos a diario nos cambia el aspecto, nos crece y nos tapa el cuerpo, nos vuelve de nuevo el mono hostil que no vive, sobrevive.
Tras rasurarnos por fuera, lavaremos con agua fría el rostro y lo untaremos con lociones que restañaran las pequeñas heridas. Siempre hay pequeñas heridas.
Después, miraremos de nuevo nuestro reflejo, el semblante de ese zurdo que nos mira, el que guiña el ojo derecho cuando nosotros lo hacemos con el izquierdo.
Nos preguntaremos si también tendrá pensamientos simétricamente opuestos a los nuestros.
Tras esto, conformes, saldremos al mundo un nuevo día con la cara tersa y preguntándonos con pena si nuestra alma no tendrá, cada vez mas, el aspecto de un horrible monstruo barbudo, que no encontramos la manera de afeitar.
domingo, 24 de mayo de 2009
CAPERUCITA NEGRA
Todo comenzó el día que los Grimm, mis autores, me llamaron a su casa y con aire de misterio me hicieron pasar al despacho donde escribían y allí me explicaron lo que querían de mi: Tenía que seguir a un personaje de un tal Charles Perrault, un franchute estirado, cuyo alias era Caperucita Roja, querían basar en ella un cuento infantil y claro necesitaban referencias. Al despedirme me dieron una carpetita con sus datos y un pequeño dibujo a plumilla de su cara. Ya en la puerta me dijeron dándome una palmadita en la espalda – esperamos resultados, Pulgarcito – y cerraron la puerta en cuanto atravesé el umbral.
Todo fue rodado, en un par de días, llegue en carreta al pequeño pueblo en el lindero del bosque. Simule ser un tratante de ganado de camino a una feria de la ciudad que se celebraría en unos días. Eran buena gente y no me miraban raro por mi tamaño, aunque tuve que hacerme con una sonora fusta para ganarme el respeto de más de un gato que me confundía con su almuerzo.
Revolotee alrededor de la casa de Caperucita, la seguí al colegio donde no era alumna sino la maestra, espié sus entradas y salidas, hice lo posible por escuchar sus conversaciones con vecinos y amigos. La única conclusión que saqué, es que ya no era ninguna niña, monsieur Perrault debió escribir su historia hace ya tiempo, pero al margen de eso nada de nada. Las sospechas de los Hermanos Grimm parecían injustificadas, pero los alemanes no suelen entrar en ningún sitio, sin saber como van a salir.
Decidí quedarme un día más por asegurarme y en ese día, vinieron las sorpresas. Fue en domingo cuando la vi salir de su casa llevando una larga capa roja con capucha anudada al cuello, ningún otro día se la había visto. Llevaba en la mano una cesta cubierta con un paño a cuadros y correteaba cantando, por el camino del norte, el que llevaba al bosque. En ese momento pasó a mi lado silbando un labriego, le saludé y le pregunté – quien es esa joven que va tan alegre camino del bosque – el me contesto mientras la miraba de forma extraña – es Caperucita, todos los domingos visita a su abuela que se retiró a vivir en una cabaña en lo profundo del bosque, y le lleva un tarrito de miel un queso y un pastel.
La seguí al bosque y para ello tuve que correr y mucho, ya que mis cortas piernas no me permitían igualar la velocidad de su trote. Se desvió del camino principal a otro más pequeño y de este a otro y otro. En nada de tiempo estuvimos en lo más remoto y oscuro del bosque. Allí, las diez de la mañana parecían la medianoche más oscura, ni los animales hacían ruido, solo oía los pasos de la muchacha y su canción tarareada hacia que todo pareciese el extraño ambiente de un sueño.
De pronto su canción cesó y vi entre las ramas bajas y los arbustos como se paraba a hablar con alguien. Ambos charlaban entre susurros junto a un inmenso árbol hueco del tamaño de una casa que tenía en su tronco un acceso con forma de puerta cubierto por una cortina, curiosamente también roja. Por la copa reseca del árbol salía un difuso humo. Dentro del tronco había un rumor que no llegaba a identificar. Decidí subir a la copa de tapadillo y desde allí observar el interior, lo que fuese, iba a ocurrir allí dentro y yo quería asiento de primera fila.
Por la parte contraria a la puerta, escalé el inmenso tronco, oía desde allí a Caperucita hablar con alguien de voz ronca que parecía querer convencerla de algo, justo cuando llegaba a la copa, sobre el agujero que daba al interior la oí decir – de acuerdo, lo haré -.
Miré al interior, estaba muy oscuro, ahora identifiqué el rumor, eran conversaciones de varias personas, que no llegaba a ver a pesar de que en el centro del hueco ardía un pequeño fuego.
De repente todo se precipitó, alguien encendió cuatro antorchas y las sujetó a las paredes iluminando todo el interior, se hizo el silencio y vi en un costado un montón de hombres sentados en el suelo que miraban en silencio a Caperucita que permanecía quieta, en el centro, con la capucha puesta. Junto a ella, un tipo con la cara picuda y llena de pelo, la miró con ojos centelleantes y de no se donde, sacó un violín y algo encorvado comenzó a tocar una melodía muy sensual. Caperucita comenzó a bailar lentamente, de una forma tan seductora, que el fuego se detuvo por miedo a perderse el tornear de ese cuerpo. La música fue acelerando su ritmo nota a nota y también la danzarina lo hizo, mientras el extraño público jaleaba y tocaba las palmas siguiendo el ritmo.
De repente el violinista ceso de tocar y ella quedó de nuevo en el centro, jadeante frente al de nuevo silencioso e inmóvil público. Sin más en un solo movimiento soltó su capa roja y la dejó caer, se oyó un profundo murmullo y yo mismo quedé sorprendido y al poco me caigo cuando vi aquel hermoso cuerpo desnudo y los ojos casi se me salen de las orbitas al ver el tatuaje que llevaba sobre su pubis lampiño, la negra cabeza de un lobo.
En ese momento di por concluida mi investigación, baje del árbol y desandé el camino de vuelta al pueblo, escuchando cada vez más lejos a mi espalda la melodía hipnótica del violín, que ponía la salsa a aquella ceremonia pagana.
Cuando salí al claro que separa, partido por el camino, el bosque del pueblo me paré; respiré profundo y me senté en una gran piedra blanca. No sabia que hacer.
Al cabo de un par de horas surgió del bosque Caperucita, llevaba de nuevo su cancioncilla en la boca y al verme allí sentado se detuvo en seco y se quedó callada mirándome, al cabo de un largo minuto se acercó despacio y se sentó a mi lado, en el suelo, por un momento me sentí incómodo al recordar su desnudez bajo la capa. Tras un rato de silencio me dijo – Las historias hermosas no son eternas, tú tampoco eres ya el Pulgarcito del cuento, si lo fueras no estarías aquí, haciendo lo que haces -. No supe que decir.
Ágilmente volvió a levantarse, sacó de la cestita un pequeño trozo de pastel sobre una gran hoja de parra, me lo entregó y siguió su camino hacia el pueblo cantando suavemente, como se le canta a un niño para hacerle reír.
Jamás he mentido tanto como mentí en el informe que les pasé a los Grimm.
El resto de la historia ya la conocéis.
sábado, 31 de enero de 2009
MI HERMOSA PANADERIA.
Hace ya 17 años que vine a vivir a mi actual barrio y desde ese primer momento caí cautivado por una pequeña panadería que hay en el mercado, nada más entrar por la puerta norte, a la izquierda, justo enfrente de la cafetería.
Los dueños son un matrimonio, entonces de cincuenta y pocos, ahora de sesenta y tantos.
Ella es mujer de muchas tablas y carácter un poco avieso, de ese que a veces queda como un resto, en las personas que por su trabajo tratan mucha gente a diario, siempre con rulo de peluquería y una bata blanca para no manchar la ropa de calle.
El en cambio, es persona discreta y de pocas palabras, siempre detrás del huracán de su mujer, que parece evitarle discretamente que despache al público, protegiéndole como a un niño del contacto con los extraños y le relega a hacer de asistente y tratar con repartidores y reponer lo gastado al despachar.
Finalmente, la tercera en liza siempre ha sido una chica joven, contratada para ser la infantería de vanguardia que se enfrenta a lo más duro del día a día en la tienda, de estas ya han sido tres, las dos que dieron a luz y después lo dejaron, y la actual que es uña y carne de mi hija pequeña, (no hay promoción de la que mi peque no se lleve el muñeco ni el dulce sin necesidad de hacer el obligado consumo).
En fin, aquí siempre me han dado todo lo que he necesitado, todo muy tradicional y previsible, muy hogareño. Alguna vez alguna prueba con algún bizcocho de una marca o relleno nuevo hacía que saliésemos de la rutina pero al final todo quedaba en la intención más que en otra cosa, pero así yo estaba contento.
Pero los años también han pasado para mí, y estos te convierten en hedonista, por que el tiempo te enseña a apreciar lo bueno de verdad y la carne es débil. Y en este asunto yo he sido débil lo confieso: han abierto una tienda de estas de chinos que les llaman ahora, que antiguamente, cuando los dueños eran cristianos viejos se llamaban ultramarinos, una tienda joven, solo tiene dos años y dispuesta a todo, no cierra al mediodía y que me da lo que la otra panadería no podrá darme nunca, pan tierno, recién hecho a las 3 y media de la tarde, cuando salgo de trabajar y regreso a casa con mas hambre que un lobo de siberia.
Al principio pensé que solo era un capricho, que compraría de nuevo el pan en la antigua, para comerlo ya gomoso de un día para otro, a la rutina de lo conocido de tantos años, pero no puedo volver a eso, después de conocer el paraíso ¿quien vuelve a la rutina?.
A veces retorno al mercado a comprar unas magdalenas o algún bollito, más por dejarme ver que por otra cosa, la tensión se nota en el aire y la pregunta siempre aparece “¿no quieres pan?”, poco a poco me voy quedando sin excusas, que si estamos a dieta, que si comemos en el trabajo...
Pero lo peor estaba aún por llegar, esta semana han abierto en el barrio un supermercado de cadena y cuando fui a visitarlo por curiosidad descubrí que no cierra a medio día y que venden tal cantidad de variedades de pan que rayan la obscenidad y cuando volvía a casa pensando en cenar al día siguiente salmón ahumado sobre pan de centeno di por asumido que hoy en día, a mis años, me es cada vez más difícil ser fiel a nada, ¿será la crisis de los cuarenta?.
lunes, 26 de enero de 2009
FRENTE A MÍ EN EL AULA.
Frente a mí hay en un caballete una fotografía en gran formato de un paisaje al anochecer, alguien la esta reproduciendo; no sé muy bien si pintándola o haciendo un tapiz. No soy capaz de diferenciarlo.
La foto está desgastada como si la hubiesen cogido una y otra vez para mirarla bien, para observar los pequeños detalles y ampliarlos con fidelidad al llevarlos al telar, a la obra final.
Todo está muy ordenado, esperando la siguiente sesión de trabajo, todo tiene la pulcritud y el orden que se espera de un buen alumno, de un artesano ilusionado.
domingo, 18 de enero de 2009
La magia y el brillo de las válvulas.
Uno de esos quiebros en mi vida, se debió en cierta manera a un objeto que habitaba de forma permanente la cocina de mi madre, un aparato que de niño me resultaba fascinante, a pesar de que todo el mundo lo veia como algo ordinario.
Este objeto era una vieja radio de válvulas, de esas con una caja de madera barnizada, un dial en forma de regla con una aguja roja, una rejilla metálica forrada de tela y dos ruedas de algo parecido al nácar blanco, una para controlar el volumen y otra para sintonizar las emisoras, de onda media por supuesto, por que cuando se la montaron, la frecuencia modulada y el estereo eran “cosas de ricos” de los que en el pueblo manchego en que nació, creció y vivió mi madre sus años mozos, nadie había oído hablar.
Antes dije “se la montaron” por que se la encargó a alguien que entendía del tema – en este caso fue un vecino, pastor de oficio, que se aficionó a la electrónica en el Servicio Militar – que compró por correo un kit de montaje con las piezas y la ensambló. Esta era una opción económica para conseguir esa pequeña ventana al mundo, que en aquellos años era un aparato como este.
Me fascinaba como fascina un espejo a un indio salvaje, como fascina el mar a un tuareg. Era para el crio que yo era entonces, algo misterioso, lleno de unas lucecitas capaces de traer noticias e historias hasta mi casa, novelas habladas con las que lloraba mi madre cada tarde – pobre Lucecita – mientras yo me preguntaba que diabólica o divina fórmula hacia que ese aparato funcionase.
Pues bien, un día, para mi desgracia, cuando estaba husmeando en la biblioteca pública, encontré perdido entre los libros de electrónica, uno que describía detalladamente el montaje de una radio como la de mi madre y que además explicaba de una forma tan sencilla su funcionamiento, el cómo la señal entraba y cada componente la iba conformando para llegar a ser la onda que estimulaba el altavoz, para hacer vibrar su membrana y generar como unas cuerdas vocales ortopédicas, una voz reproducción exacta de la del locutor que estaba a muchos kilómetros de allí. Tan sencillo lo explicaba, que lo comprendí, y al comprenderlo aquella radio dejó de ser un objeto lleno de magia y comencé a ver lo que veían todos, un electrodoméstico sin más, una tubería que transporta agua, un molinillo que muele café.
Ese día descubrí, que la verdad y el conocimiento, en ocasiones, matan la poca magia que aún queda en nuestra vida y pensando en ello sentí por primera vez la profunda tristeza de estar perdiendo mi niñez.
domingo, 14 de diciembre de 2008
TATUAJES URBANOS
El otro día tome esta foto, en mi barrio, es una de tantas de esas modernas “huellas urbanas” que andan dejando por ahí esas tribus o nuevas manadas urbanas que están floreciendo de unos años a esta parte y que podríamos encuadrar dentrote la llamada cultura HIP-HOP un movimiento callejero de contracultura.
Viéndola pienso que los graffitis son un poco como los tatuajes que actualmente se empeña en lucir todo el mundo por todo el cuerpo.En Europa no son más que una moda que espero que no sea muy pasajera por el bien de las fashion victime que se los han hecho.
Los tatuajes en su día eran una marca de identidad que no se podía borrar, se marcaba al soldado, al esclavo….indicaba una propiedad o una lealtad.
También en ocasiones los tatuajes hablaban del valor de su portador, eran una distinción, como las medallas de nuestros ejércitos.
Yo la verdad tengo dudas de que los actuales portadores de estas marcas realmente merezcan llevarlas, el único valor demostrado por ellos es la capacidad de soportar el dolor que el tatuador infringe en el momento de hacerlos.
En fin, reflexione sobre ello y no pude pensar más que esto es otro ejemplo de cómo convertimos hechos culturales antiguos en superficialidades estéticas sin contenido. Por supuesto he de decir que un un cuerpo hermoso bien tatuado es aún más hermoso, pero me gustaría que además me dijese algo sobre el alma que lo habita.
martes, 25 de noviembre de 2008
TORMENTA.
Diréis,
¿y esta foto?.
Pues tiene sus historias, una es que cuando la tomé fue una de esas ocasiones en que te alegras de tener una cámara aceptable en el móvil.
La otra por supuesto es que me trae un recuerdo a la mente, la de una tarde de lluvia, que nos pilla a todo el mundo desprevenido y tenemos que refugiarnos deprisa y corriendo bajo las terrazas para no empaparnos, y en contra de lo que esperamos, esto no dura unos minutos como es habitual en las tormentas, sino al menos 15.
En fin, la cosa comienza a resultar molesta, bajo la terraza nos miramos unos a otros con cara de - parece que no escampa, con todo lo que tengo que hacer- mi hija pequeña, que me acompaña, está encantada con la situación.
De pronto, sale el sol con brío y ahí deslumbrante ante nosotros, aparece un gran arco iris; nos quedamos boquiabiertos mirándolo, mi hija grita de alegría, todos lo comentan en nuestro pequeño refugio bajo las terrazas y en esas para de llover. La magia que había embelesado a todos los "naufragos" se pierde, salen del parapeto y reanudan su vida como si nada, como si aquel instante de fulgor de la naturaleza nunca hubiese ocurrido ante ellos. Tal vez alguien se acuerde tras la cena y comente sentado en el sofá a su cónyuge - sabes, esta tarde he visto un arco iris alucinante, justo cuando paró de llover - y el/ella le conteste desde la cocina trasteando para preparar un té - ¿que?, ¿como dices cielín? - y el otro que ve en la tele que ya comienza Gran Hermano le diga - no, nada, nada...- y ahí quede todo.
Yo, sin embargo, saqué mi teléfono e hice esta foto, se lo conté a mi chica y se la enseñe, y además para redondear el asunto, nosotros no seguimos Gran Hermano.
jueves, 20 de noviembre de 2008
LAS ESTRELLAS DEL OTOÑO
En el barrio llevamos una semana que se nos caen las hojas de los arboles en la cabeza.
Ya está aqui la parte más oscura del año la naturaleza parece ralentizarse, tomarselo con calma, ante la inminente llegada del invierno.
En lo que más se nota es en los árboles, de pronto se quedan mustios y sombríos, se quitan la alegre vestimenta de verano y se quedan con el escueto y gris uniforme de invierno, con apariencias más de esbeltas estátuas que de seres vivos que son.
Hoy marchaba por la calle a todo meter, como voy siempre y de pronto he mirado al suelo y he visto estas cuatro hojasy no he podido evitar pensar que parecen estrellas, las estrellas también se caen cuando llega el otoño, como si el Universo fuese un inmenso arbol de "estrella caduca" y me ha dado por pensar también que si el Universo es como un arbol, nosotros las personas ¿que somos?, ¿las frutas o los bichos que se lo comen todo frenéticamente?, sin pensar en las consecuencias de ese hambre devastadora de medios, seres y cosas...
De repente he mirado el reloj, las 15:28, ¡ c o ñ o !, la niña me sale del cole y no llego.
La salvación del Universo debe esperar, pero antes de irme os he fotografiado unas estrellas.
lunes, 17 de noviembre de 2008
PEQUEÑAS COSAS.
Eso es verdad.
Bueno pero tampoco me quiero dejar amedrentar por ello. Hoy los temas no faltan: han detenido a un importante (por sanguinario) terrorista de ETA, California arde y con ella las casa de unos cuantos y riquisimos famosos del cine americano, la cumbre del G-20 hace sus enrevesados comunicados en los que nuestros maravillosos lideres glovales nos comunican con mucha pompa lo de siempre, que los bancos se salvarán y que los contribuyentes lo pagarán con ( como diría Chorchil ) sangre, sudor y lágrimas.
Pero la verdad es que yo prefiero quedarme como hecho relevante del día, que aunque haya sido por un motivo indirecto he podido hacerles una visitilla a mis viejos y charlar con ellos unos minutos. Eso hoy en día, con el ritmo de la vida moderna es un lujo de categoría más alta que comer caviar beluga.
domingo, 16 de noviembre de 2008
DIA DE LAS VICTIMAS DE TRAFICO
He estado conduciendo, 120 Km. relajado escuchando musica tranquila, casi me apetecia ir más despacio aún de la velocidad "legal" que he respetado escrupulosamente.
La carretera es peligrosa, cuanta gente no habra muerto, o habra matado en la carretera llendo como iva yo hoy feliz y tanquilo.
Toda precaución es poca en la ruta del vivir, la vida es como una agradable y suave brisa que igual que llega y nos refresca se va y nos deja otra vez expuestos a la eternidad de la inexistencia.
domingo, 20 de enero de 2008
Regresando del infierno.
En cierto modo, creo que el amor es tan importante para nosotros por que cuando nos sentimos amados, nos sentimos valiosos para alguien, tenemos la vaga sensación de que nuestro paso por la vida significa algo, que dejaremos huella.
En fin aqui estoy he resucitado del limbo del olvido, vengo arrastrando mi carga de desesperacion existencial, pero creo que soy amado y desde luego amo y eso es lo que me da fuerzas para existir.
Salud.